El teatro del mundo (I)

A veces abro el periódico, leo las noticias y pienso: “Odio la hipocresía”. Con esto me refiero, por ejemplo, al Papa de la iglesia católica, autor de una carta pidiéndoles perdón a los cientos de víctimas de abuso sexual por parte de sacerdotes en Irlanda y Estados Unidos, después de haber hecho esfuerzos él mismo para encubrir dichos crímenes. Mientras era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger ―hoy Benedicto XVI― hizo y deshizo para mantener en secreto el caso de Lawrence Murphy, quien satisfizo sus caprichos sexuales con más de 200 menores sordomudos en una escuela de Wisconsin entre 1950 y 1974. En lugar de apartar del sacerdocio a Murphy y someterlo a la justicia laica, Ratzinger lo dejó en su cargo hasta su muerte, sin que fueran castigados nunca sus actos.

Un caso parecido ocurrió con Peter Hullerman, sacerdote alemán que abusó de un menor de 11 años y en lugar de ser expulsado de la iglesia, fue trasladado a otro lugar para que pudiera siguir manoseando niños en el anonimato y tranquilamente. Ratzinger tuvo conocimiento de esta omisión y tampoco hizo nada.

En una entrevista en otra página del periódico, Monseñor Juan V. Córdoba, secretario de la Conferencia Episcopal, defiende a los obispos que encubrieron los abusos, diciendo que “si lo hicieron no fue por maldad, sino por caridad cristiana con sus sacerdotes”. Cuando leo esto, alcanzo a dudar si este payaso estará hablando en serio. Hay personas a las que, realmente, habría que callarles la boca de un batazo en la mandíbula.

Este Papa que hoy pide perdón porque no puede hacer otra cosa, porque ya se han descubierto sus tretas y ya no puede seguir escondiéndose tras el escudo de la tradición pues las pruebas en su contra son demasiado graves, es el mismo que anda por el mundo sembrando la ignorancia con sus intervenciones descerebradas. Éste es el Papa que les dijo a los africanos que el condón no protege contra el sida, el mismo que afirmó que la violencia es intrínseca al islamismo, el mismo que quiere reintegrar a la iglesia a los clérigos ultraconservadores lefebvristas, que han negado el Holocausto. ¿Cuánta estupidez debe mostrar un Papa antes de que sea desechada su opinión, por ignorante, por retrógrada, por peligrosa?

Después de leer estos artículos descorazonadores, paso a otra página del periódico y me encuentro con la buena noticia del día en Colombia: ¡la guerrilla liberó a un secuestrado! y tal vez libere otro mañana. La noticia es embelesada por el periodista, mostrando el gesto de la guerrilla como una manifestación de buena voluntad. Mientras tanto, el presidente Uribe propone estimular el “intercambio humanitario”, eufemismo para referirse a la liberación de un ciudadano secuestrado hace seis años a cambio soltar a un guerrillero que cumple  una condena de tres por masacrar a un pueblo entero. Cierto: mi definición es caricaturesca… pero resume la idea general.

Estos secuestrados que permanecen en medio de la selva en las peores condiciones, muchos de ellos encadenados, sin comida ni agua suficientes, sin poder ver la luz del día por semanas enteras, se han convertido en el chivo expiatorio de la lucha seudo-ideológica que dice librar esta manada de asesinos y que hace décadas perdió toda legitimidad. Hoy en día, la mayoría de la gente ya sabe que la “lucha” de esta guerrilla es en realidad un proyecto criminal cobarde, cargado de contradicción y de zozobra.

Pero hay que preguntarse: ¿Alguien piensa de verdad que las FARC liberan secuestrados por algo distinto a manipulación mediática? ¿Existen personas que todavía se coman el cuento de que esta guerrilla lucha por una causa justa?

Increíblemente, la respuesta es sí. En Francia, por ejemplo, país ahogado en un idealismo reciclado que no produce nada inteligente en materia política hace décadas, algunos aún confunden a las FARC con héroes del pueblo, con revolucionarios en busca de una sociedad más equitativa, con pobres víctimas de una derecha despiadada, que, aunque sí existe en Colombia, ya nada tiene que ver con los objetivos que persigue esta guerrilla farsante. No es difícil de ver que la ideología vacía de esta izquierda mentirosa y podrida es la fachada de un negocio redondo que basa su funcionamiento en el secuestro, el narcotráfico, la extorsión y la hipocresía.

Llegando al final del periódico, ya cansado de tanta basura, paso la página y me encuentro con la programación del Festival de Teatro. Leo los títulos con atención a ver si alguno me atrapa, pero siempre he preferido un concierto o una película a una obra de teatro. Afortunadamente, el teatro del mundo, mirado con algo de estoico cinismo, es mucho más entretenido que el del Festival. Uno encuentra pantomimas y actores para todos los gustos. No más hay que fijarse en la destreza con que se desempeñan en las artes escénicas Benedicto XVI y Alfonso Cano, especialmente en la milenaria y difícil técnica de decir una cosa y hacer otra. Qué versátiles, dicen unos.

Hijueputas, decimos otros.

Imágenes:
Mia MäkiläJudith (2007)
Karim HamidC.121 (2000)

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Comments
6 Responses to “El teatro del mundo (I)”
  1. sofia_sofia dice:

    >La guerrilla y la iglesia dependen de una fachada para sus acciones, una fachada mentirosa y hipócrita como dices que polariza las opiniones y hace a la gente más intolerante. Y por eso mismo yo en tu lugar le bajaria un toque a la violencia de lo que escribes pues eso es jugarle el mismo juego de los que criticas. No esoty diciendo que no tengas razon al criticar con fuerza a las farc y a benedicto XVI pero cuando lo haces con tanta agresividad se pierden un poco las buenas ideas.un saludo.

  2. Anonymous dice:

    >Buena columna. Me gusta que haya gente que diga las cosas así.

  3. Touché!

    Lo único es que yo no diría que la guerrilla es de izquierda. Su economía narcotraficante funciona bajo un modelo neoliberal ilegal -pero neoliberal- y su estructura social y ‘política’ es lo más parecido que se puede encontrar hoy en día a cómo eran las sociedades feudales. No sé, para mí eso hace parte de la derecha…

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