Cuídate

En Halloween la gente no debería sentir miedo. Las máscaras del 31 de octubre se diferencian de las del resto del año en el hecho de que son auténticas, sinceras. Míreme, estoy disfrazado. Yo no soy éste: soy el que usted vio ayer y el que verá mañana, pero éste que tiene hoy enfrente suyo, éste no soy yo. Éste es Freddy Krueger.

La gente que no se disfraza el 31 de octubre no merece confianza. No son sinceros, siguen siendo los mismos de ayer y de mañana, siguen usando la misma máscara de todo el año con las mismas retahílas, la misma voz, la misma peluca, las mismas palabras, las mismas mentiras. Cambiar de mentiras una vez al año es honesto. Usar una máscara de Freddy Krueger sobre la gastada máscara de médico, abogado o profesor es un acto de sinceridad. Sinceridad con humor, combinación noble pero peligrosa.

En Halloween la gente no debería sentir miedo, pero hoy 31 de octubre alguien me dijo que sí, que tenía miedo, miedo de algo menos cinematográfico que un asesino en serie con saco de rayas y menos ficticio que el fin del mundo. Miedo al cambio. Miedo a la pérdida de una seguridad conocida pero inútil. Miedo a perder algo tan volátil como la identidad patria, el sentido de pertenencia, la frívola sensación de formar parte de algo. Un miedo absurdo pero sincero. Un auténtico acto de cobardía.

Tenerle miedo al cambio es como tenerle miedo a la muerte o a las palabras largas, sobre todo si dicho cambio busca desatascarnos de nuestras costumbres más fosilizadas, como la veneración descerebrada de la propia patria. La patria es un concepto ligero y vago, pero satisfactorio para la mente simple de un fanático perezoso. Y cambiar es difícil porque atenta contra esa ilusión de seguridad nacida de los conceptos más vagos y ligeros: la patria, la identidad, la religión, la democracia, el arte…

Sí señor, el arte, sobre todo el de galería, el que nos gusta venerar cuando queremos sentirnos interesantes o tomar un par de vinos gratis.

Al igual que Dios, el arte no existe sino en la mente de quienes creen en él. Arte no es un cuadro, ni una instalación, ni una fotografía, ni una escultura. Esos son objetos. Arte es una señora de alto copete, un muchacho barbado de mirada profunda y desdeñosa, un ejecutivo de mancuernas doradas y billetera llena, discutiendo sobre qué es arte y qué no. Eso es arte, es decir, nada. Como Dios, el arte solo hace su aparición cuando un grupo de personas se reúne en un espacio cerrado a venerarlo en conjunto, mirando de reojo cómo están vestidos los demás. El arte no es una religión, pero sí es como la religión, como la religión en general. Un grupo de fieles de distintos credos discutiendo sobre cuál es el auténtico dios de dioses. ¿La fotografía análoga? ¿La pintura figurativa? ¿El performance y el happening? ¿El video arte? Me llevo éste y ése de allá, para ponerlos en mi sala recién remodelada. ¿Te puedo pagar en dólares?

El teatro del arte corona la lista de mentiras desvergonzadas por tratarse siempre de una fiesta de disfraces celebrada a destiempo. Pero si la inauguración de Artbo, una de las ferias de arte más importantes de Bogotá, no hubiese sido el 19 de este mes sino hoy, 31 de octubre, tal vez yo no estaría escribiendo una diatriba tan dispersa sino un sobrio artículo de crítica positiva:

«La inauguración de la importante feria Artbo nos deleitó con sus obras cargadas de ingenio y de buen gusto, las cuales abordan temas pertinentes a través de un fresco lenguaje contemporáneo. Su éxito rotundo se vio engrandecido, además, con la asistencia de personalidades tan queridas por la élite artística internacional como Jack el Destripador, la princesa Leia, Batman y Robin, algunas enfermeras sexys, uno que otro hombre vestido de prostituta, Drácula, Frankenstein y Spiderman, entre otros. Pero el clímax del evento tuvo lugar cuando el consagrado asesino Freddy Krueger hizo su aparición con una copa de vino en la mano buena. Los aplausos y aullidos no se hicieron esperar, recordándonos por qué nos gusta tanto esta filantrópica feria que, tristemente, solo se celebra una vez al año…»

No le tengas miedo al jinete sin cabeza, pero cuídate del ser humano en el que se tergiversará su oscuro semblante cuando den las doce de la noche y el día de las brujas llegue a su fin. No temas a la marimonda y a la patasola, pero cuídate de los hombres que llevan una máscara sin decirlo. Cuídate de aquellos que temen al cambio y a las palabras largas, y de los que aman a su patria y sienten miedo de perderla. No le tengas miedo a la muerte, pero cuídate, cuídate de los hombres, ¡porque vienen a buscarte!

Oye bien: ya están tocando a tu puerta.

¿Lo asustó este texto? Tal vez también lo asuste:
Miércoles de no solo ceniza
El mundo se va a acabar

Imágenes extraídas de aquí y aquí.

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