Indignación sin sorpresa

13La indignación es un sentimiento predecible. La foto del procurador Ordoñez, ahora rotando por redes sociales y artículos de prensa, en la que aparece quemando libros y revistas en su juventud por considerarlos de contenido inmoral, naturalmente, genera indignación. Y, sorpresivamente, a muy pocos sorprende.

La indignación también es un sentimiento ambiguo. Muchos dicen que la serie Escobar: El patrón del mal fue causante de malestar e indignación al revivir los crímenes del capo antioqueño. Pero cuando se piensa cuán normal es que en Colombia se gesten criminales así ―maestros del engaño, amorales y perversos, complejos e ingeniosos a extremos perturbadores― hay que cuestionar el sentimiento de indignación inicial, por lo parecida que es la indignación sin sorpresa a la curiosidad más primaria. Ahora con qué porquería irá a salir este tipo, cuántos jueces más va a matar, cuántas bombas más va a poner. Y es igual viendo las noticias: ahora con qué declaración sectaria va a salir el procurador, qué comentario autoindulgente pronunciará con cinismo Uribe, cuántos pueblos masacrarán las bacrim y la guerrilla.

La diferencia con la serie de Escobar es que los noticieros no traen escenas del siguiente episodio. Y pues toca esperar.

La indignación es un sentimiento conveniente. La gente indignada despierta simpatía, por decir lo menos. Pero qué tipo tan correcto, mire no más cómo se indigna ante la imagen de Ordóñez quemando libros en su juventud. Seguro debe ser una gran persona. Y cuando la indignación es conveniente, casi siempre, está desprovista de sorpresa.

Hector Abad Faciolince dice en su libro El olvido que seremos: «Los colombianos no tenemos memoria» y la cita que aparece al principio de todos los episodios de Escobar reza, con voz gangosa: «Quien no conoce su historia está condenado a repetirla». Pueden ser ciertas estas frases, pero no importa, pues ambas ―me disculpará el que se indigne leyendo esto― no son más que frases de cajón escondiendo una verdad sucia que, para algunos, también es indignante y, para muchos, está desprovista de sorpresa: el colombiano promedio no se indigna con el Cartel de Medellín volando edificios en los noventas, ni con la ultraderecha matando campesinos y liberales, ni con Uribe diciendo «¿Falsos positivos? ¿eso qué es?», ni con las Farc jurando que nunca han secuestrado a nadie, ni con las balas perdidas navideñas reventando cráneos de recién nacidos, ni con la Iglesia católica adoctrinando sobre moral sexual…

El colombiano promedio se indigna porque le robaron el partido a Millonarios, porque eliminaron a Juan de la Voz Colombia, porque Shakira no ha mostrado fotos de su bebé. ¿Es ése el mismo colombiano que expresa indignación ante la imagen del joven Alejandro Ordóñez quemando libros, como si no lo supiéramos, como si no lo hubiésemos imaginado en caso de no saberlo, como si de algo sirviera decir «¿Si ve? El tipo es un loco hipercatólico desde su juventud, yo lo sabía, yo se le dije»?

Lo único que demuestra la foto del joven procurador es que Ordóñez era, desde sus años más tiernos, un huevón imbécil. Y la indignación que ha suscitado su foto no es indignación, es miedo, porque el huevón imbécil ahora tiene más poder que antes, y cada día tiene más y más poder, y tal vez un día, Dios no lo quiera (aunque sin duda, si existe, lo querrá) será presidente de Colombia. Lo indignante no es la foto. Lo indignante es su ascenso, la credibilidad que se le da a sus palabras, el hecho de que semejante imbécil tenga tanto poder.

Pero más indignante todavía es que esto ya no sorprenda a nadie. Indignación sin sorpresa.

Así las cosas, solo nos resta preguntarnos: ¿Cuándo retomará el procurador su noble cruzada contra el aborto? ¿Qué estrategias para prevenir el uso de la pastilla del día después implementará? ¿Cómo enfrentará a su archienemiga, la abogada Mónica Roa? ¿Ganará Millonarios su estrella número quince este año? ¿Cuánto durará el matrimonio de Shakira? ¿Repetirá Ricardo Montaner como jurado de La Voz Colombia?

Tocará esperar al próximo capítulo.

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Imágenes:
Ana de Obregoso

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