Nalgas de porcelana china

Un recién nacido es una persona desprovista de traumas y mañas que no ofrece absolutamente nada especial al observador común. Sus padres, naturalmente, estarán inclinados a ver en él una prolongación de sí mismos, una joya evolutiva, un milagro de Dios, pero todos los que no tenemos nada que ver con el susodicho, solo veremos un bebé. De hecho, en el 99% de los casos nos parecerá feo, porque ni siquiera es nuestro. Y en ciertos casos raros, a algunos nos estremecerá la sola idea de traer un bebé al mundo porque sabemos que, a pesar de ser nuestro y de nadie más, nos parecerá tan bonito como una verruga purulenta cantando el himno nacional.

Shawn Barber

Shawn Barber

No más la palabra «bebé» es horriblemente cacofónica. Todas las palabras tienen su música. Hay unas con un sonido cercano a aquello que representan, como «joropo» y «sancocho», unas que ostentan el aburridísimo sonido de la música de Mozart, como «lirio» y «alelí», otras que suenan a banda de metal escandinavo, como «repercusión» y «despropósito», y unas que existen solo para hacerlo reír a uno, pues, a pesar de ser desagradables al oído y completamente inútiles en el léxico cotidiano, parecen un chiste comprimido en un solo vocablo: «suculento», «zafarrancho», «chompa», «priapismo». Y si uno busca su significado, se ríe por segunda vez.

«Bebé» entra en la categoría de palabras que suenan a desperdicio de origen humano, como «baba», «caca» y «pipí». Y tiene mucho sentido, pues en últimas un bebé no hace mucho excepto babear, caca y pipí. Un bebé no caga ni orina: eso lo hacen el perro sarnoso de la esquina y el tío borracho que vino a felicitarte por tu bebé («sarnoso» y «borracho» son palabras que ilustran bien lo que representan). Un bebé sigue siendo algo relativamente inmaculado, así la palabra «inmaculado» suene a lo contrario de lo que significa.

Ahora bien, el bebé de los duques de Cambridge huele a rosas y azafrán, no vomita sino recita versos líquidos de lirios y alelí, y nunca hay que cambiarle al pañal pues de su trasero inmaculado (ignorar lo que dije en el párrafo pasado) solo salen mariposas rosadas y perfume de jazmín. ¿Qué otra explicación habría, si no, para el alud de noticias sobre el nacimiento del bebé real? Su vientre tiene que ser de lino y seda, su espalda de mármol y marfil, sus nalgas diminutas de porcelana china. No hay otra explicación. Si le estamos poniendo tanta, tanta atención a un bebé común y corriente es porque somos una manada de imbéciles, y no puede ser. Tiene que ser un bebé angelical, puro, inmaculado en todo sentido. Tiene que ser especial.

Shawn Barber

Shawn Barber

Inevitablemente, en este punto uno se pregunta qué pasaría si el bebé real fuera, en verdad, un bebé común y corriente. Mejor (o peor) aún: uno se pregunta qué pasaría si les naciera a los duques uno de esos tropiezos evolutivos que nadie quiere tener (aunque pocos lo acepten abiertamente), como un niño ciego, o uno con labio leporino, o con síndrome de Down. Pero no, eso no podría pasarles a los duques de Cambridge porque ellos son perfectos. Tienen que serlo, no hay otra razón para que sigamos sus vidas tan de cerca. Si nos obsesionan tanto sus amores y desamores y queremos ver fotos de su bebé angelical desde el momento en que es expulsado a través de la vagina real, y no son perfectos, es que somos una manada de idiotas. No puede ser, tienen que ser perfectos, no existe otra explicación.

Al final, un bebé sólo es un bebé. La palabra, con sus sílabas babosas y repetitivas, como la canción de un tartamudo cambiando un pañal, lo dice todo: «bebé». Por eso suena tan parecido a «mamá» y a «papá»: son palabras frívolas, palabras zonzas intentando representar ideas culturalmente sobrevaloradas pero vacías: paternidad, maternidad, hijos.

La familia contemporánea no necesariamente incluye un bebé, ni una mamá, ni un papá. Perro, gato y mico pueden entrar en la ecuación; abuela, prima y tío (preferiblemente sobrio) también; amigo, socio, colega, también. Así que si dos hombres o dos mujeres, o tres, o cuatro, deciden hacer familia dejando al bebé por fuera, está bien. ¿Quién se va a oponer, acaso? ¿Dios? ¿El procurador? ¿Usted?

Si seguimos creyendo que la familia perfecta es papá, mamá y bebé, tal vez haya que leer menos noticias sobre los duques de Cambridge. Ni que fuéramos una manada de imbéciles.

Publicado en KienyKe el 26 de julio de 2013
@nykolai_d

¿Le gustó este texto? Tal vez le guste La casa de las bestias, disponible en la Librería Lerner y otras librerías de Colombia.

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Comments
2 Responses to “Nalgas de porcelana china”
  1. Boris Wolkow dice:

    Ma-sa, car-ne,
    pa-ñal, su-cio,
    me-nos, pe-so,
    mu-cho, po-pó.

Trackbacks
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  1. […] le vuelve a importar. Ya nadie habla de Kony, ni del graffiti de Justin Bieber en Bogotá, ni del bebé real de los duques de Cambridge, ni de la muerte del gran Steve Jobs, ni de la elección del Gran Colombiano, y ya se está pasando […]



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