Deudas peligrosas

Hace unos días, un conocido mío me contó la siguiente historia: saliendo del banco luego de retirar una suma relativamente alta de plata para pagar una deuda, una moto lo persiguió hasta su casa sin que se diera cuenta. Al llegar a su destino, mi amigo se encontró con un vecino que le hizo notar que la moto, ahora parqueada muy cerca, venía siguiéndolo desde hacía varias cuadras. El motociclista, al reparar en que había sido descubierto, dio media vuelta y se esfumó.

Aunque no pasó nada grave, la idea de haber sido acechado por largos minutos sin notarlo lo dejó con una intensa sensación de inseguridad. Intentando calmar sus nervios, comenté ingenuamente que había oído decir por ahí que uno podía solicitar acompañamiento de la policía cuando se dispusiera a retirar sumas grandes de dinero. Me respondió con un gesto de burla:

“¿Para qué? ¿Para que me roben ellos?”

Tiene razón. En Colombia llamar a la policía no es la primera opción ante una situación amenazante. Es la última.

Rosa Elvira Cely, la mujer que fue torturada, violada y asesinada hace unos días en el Parque Nacional de Bogotá, recurrió a esta opción desesperada mientras la agredían salvajemente, pero no obtuvo buenos resultados: la policía llegó varias horas después de su llamado de auxilio. Lógicamente, el asesino ya se había ido, y, más grave aún, ya no había tiempo para salvarle la vida de la mujer. Murió unas horas más tarde en el hospital.

Tal vez los policías se perdieron a la salida de ese CAI que hay a un par de cuadras del Parque Nacional. Esta ciudad es confusa: algunos requieren de hasta cuatro horas para ubicarse en el mapa.

Uno debería confiar en la policía, pero con noticias como ésta o la de los perros quemados con gasolina no es tan fácil. Ocurrió durante un desalojo en la localidad de San Cristobal, cuando a unos agentes les pareció que sería un gesto pedagógico el quemar las mascotas de un reciclador, quien, seguramente, no les estaba haciendo caso. A nadie le va a importar un poquito de sevicia siempre y cuando el mensaje quede claro: yo soy la ley y usted tiene que obedecerme…y si no, pues le chamusco a su perro.

Hay otra noticia que muchos ya olvidaron porque ya no está en primera plana de los periódicos: la del joven graffitero corregido valientemente por un policía por medio de algunos balazos en la espalda. El pelado estaba ensuciando la ciudad con su arte suburbano y, a criterio del agente, merecía un castigo. De seguro ya aprendió la lección: en tiempos de zombies y vampiros, nadie puede asegurar haber visto al cadáver de un adolescente empuercando con sus graffitis inmundos los muros de nuestra bella Bogotá.

Yo mismo tengo un par de historias algo menos sórdidas salidas de mi adolescencia (quién no las tiene) sobre policías requisándome en la calle con un ahínco únicamente comparable al entusiasmo de un cura con sus acólitos prepúberes, tan solo porque llevaba el pelo largo y una guitarra a la espalda. Claro que yo podía ser un peligrosísimo músico, de esos que consumen alucinógenos y hacen rituales satánicos. Mi hermano, en cambio, era un afamado deportista callejero que disfrutaba moverse por la ciudad en bicicleta. Le gustaban esas prácticas extremas en las que se suben a las barandas de las escaleras y aterrizan en reversa, o saltan por encima de los bancos de los parques como por una rampa invisible. Pero a un policía no le gustó mi hermano en bicicleta, o tal vez no le gustaron sus rastas, o su barba, o sus manos callosas de tanto agarrar el manubrio, y un día lo cogió y lo tumbó al suelo con algo de (bastante, mucha) violencia, preguntándole a gritos que si estaba drogado, insultándolo, impulsándolo a que confesara algo, lo que fuera.

Hay que decir que a nosotros dos no nos fue tan mal. No ignoraron nuestro llamado de auxilio mientras nos torturaban y violaban, ni nos dieron un par de tiros por la espalda por dárnoslas de artistas, ni nos quemaron a nuestros perros con gasolina. Solo nos manosearon un poco y, bueno, nos botaron al suelo un par de veces en medio de insultos y acusaciones infundamentadas.

La obvia conclusión de este texto es que no hay muchas razones para confiar en la policía. De hecho, si un día nos tocara pagar una deuda, como le pasó a este amigo mío que se salvó por un pelo de ser robado, no llamaríamos a ninguno para que nos protegiera al retirar la plata del banco. Los avatares del azar resultarían ser, a la larga, más confiables. Y en últimas, siempre será mejor tener que desembolsarle plata a un ladrón que quedarle debiendo algo ―lo que sea― a un tombo colombiano.

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Imágenes:
Catherine Tafur

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Comments
5 Responses to “Deudas peligrosas”
  1. Nicolás, Rosa murió una semana después (la violaron y empalaron el 23 y murió el 29). En ese caso también resulta extraño que hayan asignado a tantos policías (¿20 para la búsqueda de una sola mujer?).

    Yo también tengo mi propia historia de encontrón con los tombos. Nada agradable. Algún día la contaré en el blog.

    PD: Si está en Bogotá, mañana (sábado 2 de junio) hay reunión de ateos de Bogotá, en la biblioteca Virgilio Barco.

    Un saludo,

    -D

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