Intercambios de erotismo ecuestre

Al día siguiente de habernos ennoviado, Violeta recibió una llamada inesperada de su abuela Filomena. Esta mujer a quien no veía hacía años, de contextura ancha, estatura mediana y cabellos cortos peinados con mucha gomina, estaba de paso por Colombia para hacer un estudio de suelos en el Meta con el fin de medir el impacto ambiental de un proyecto petrolero que preparaba uno de los hijos del presidente. A pesar de las amenazas recibidas por parte de grupos al margen de la ley ligados a entidades estatales y poderosas empresas privadas, Filomena aceptó realizar el estudio, que sería financiado por una ONG danesa. La alegraba tener un pretexto para pasar unos días en su país y ver a su nieta.

Llamó a Violeta y, sin preámbulo, le preguntó si se le antojaba irse unos meses para una casa de campo ubicada a un par horas de Puerto López, vía Puerto Gaitán. Ése sería el lugar desde el cual Filomena supervisaría el estudio y trabajaría en sus informes.

―Primero pensé en negarme ―dijo Violeta subida sobre mis caderas―, pero luego pensé: «Buena oportunidad para aprender a montar a caballo».

―Y yo me quedé creyendo que no te volvería a ver ―respondí clavando mis uñas en sus nalgas desnudas―. Sobre todo después de diez meses sin noticias tuyas…

Ella me cubrió la boca con la mano y apretó el paso.

En efecto, viviendo en los llanos Violeta aprendió a montar a caballo con soltura. A veces le hacía mandados a su abuela llevándole paquetes a un hombre extranjero que vivía en Puerto López. Partía al mediodía sobre una yegua y llegaba a su destino a finales de la tarde. Depositaba el paquete y luego pasaba la noche en la casa de Villamil Suárez, el hijo de la administradora de las tierras donde estaba situada la casa de campo. Al alba, emprendía el regreso.

Dichos paquetes contenían los avances del estudio de suelos en una memoria USB escondida al interior de un postre de frutos rojos. Filomena sabía que, de ser enviados en moto o en campero, corrían el riesgo de ser interceptados. Pero nadie sospecharía nunca de la rolita adolescente que cabalgaba por las llanura para ir a visitar a su novio. No a mí, a su otro novio.

Villamil Suárez era un joven de diecinueve años nacido y crecido en el Meta. Ayudaba a su padre con sus negocios ―un billar y una tienda de instrumentos― y realizaba trabajo de llano en una tierrita que le había cedido su madre. Tenía los brazos anchos de arar tierra y las piernas fuertes de corretear vacas. Un grueso cabello color azabache le cubría las orejas y su piel tenía el rústico tono tostado del sol llanero. Sus ojos eran grandes, oscuros y profundos.

En ocasiones, Violeta se quedaba un par de días en Puerto López. Villamil le enseñaba joropos en el cuatro que luego él acompañaba con un contrapunteo experto en el arpa. Cuando Villamil tenía mucho que hacer, Violeta simplemente le hacía compañía mientras realizaba trabajo de llano. Algunas veces intentó ayudarlo a vacunar ganado, con poco éxito.

Pasados unos meses, Villamil la llevó a conocer los garceros más recónditos de la región y a navegar en canoa por morichales llenos de tortugas y serpientes. Aunque ninguno era un gran bebedor, hubo noches en las que se emborracharon con aguardiente llanero y terminaron desnudos bajo las estrellas, teniendo cuidado de no sentarse sobre una araña polla o de rodar sobre un nido de hormigas rojas. Villamil le hacía el amor a Violeta con el mismo cariño firme con el que montaba a Artemisa, su yegua.

Fue durante estas permanencias esporádicas en Puerto López que Violeta supo por primera vez lo que era estar enamorada. Él también llegó a amar a esa adolescente citadina y taciturna, pero todos los días le rogaba al Altísimo que no lo fuera a poner a escoger entre ella y su Artemisa, porque entonces no sabría qué hacer.

Cuando el estudio de suelos fue completado y la estadía de Filomena en el Meta llegó a su fin, Violeta quiso regresar a Bogotá. Villamil respetó su decisión. Él mismo, por su naturaleza aventurera, dudaba seriamente que algún día pudiera entregarse para siempre a una sola mujer. Así, se despidió de Violeta dándole un abrazo sincero, montó a Artemisa y se fue contento a marcar ganado.

―Me hacías falta ―me dijo Violeta mirándose los pentagramas rojos que mis uñas habían trazado sobre su piel.

Quise besarla y me senté sobre la cama, pero ella me asió del cuello con una mano y me jaló del pelo con la otra.

―¡Soooooo! ―gritó― ¡Quieto bestia!

Volvió a montarme apretando sus piernas contra mis costados. Yo, alegre, me dejé llevar.

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Mentirosa

Imagen:
Sophie Jodoin, Fallen (2006)

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Comments
12 Responses to “Intercambios de erotismo ecuestre”
  1. Cwpper David dice:

    Buen post.
    Me gustó el blog y pz nada:
    ya estás en el feed.
    Saludos.

  2. eduardo dice:

    solo tengo una pregunta,la tirada… ¿fue antes o despues de saber que ella ya habia estado con ese caballo llanero?

  3. Julinho Botello dice:

    Hola, este es el primer blog en que me inscribo… por cierto muy ingeniosa forma de atrapar lectores desde los foros de El Tiempo… Me gusto la historia de Intercambios de Erotismo Ecuestre. Me permito sugerirle respetuosamente qué ojala no ciaga en el mamertismo levemente insinuado entre textos, desde que huimos de Colombia no me hace tanta gracia y es una de las razones por la que no leo mucho escritos como estos. Pero los dos que he leido suyos son hasta hora muy buenos.

    • Gracias por su comentario. Una pregunta: ¿a qué se refiere con “mamertismo”? Veo ese término en muchos lados y utilizado de muchas formas, y ya no estoy seguro de saber qué significa exactamente.

  4. Julinho Botello dice:

    Mamerto es el que cree que los demás dan su voto por un tamal, y hace una cancion con eso. Mamerto es el que escribe desde Francia, Canada, España, Suiza e inclusive USA diciendo que el sistema economico ha colapsado (no se esta reestructurando) y que deveriamos copiar paises economicamente “exitosos” como Cuba, Korea del Norte, Viet Nam o Venezuela, desde donde jamas escribirian

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