Nos gustan las niñas malas

La última novela que escribió Mario Vargas Llosa antes de recibir el premio Nobel de literatura fue «Travesuras de la niña mala». Es un relato basado en una dicotomía que impacta por lo simplona -el niño bueno y la niña mala- y que desarrolla un mito tan antiguo como el amor mismo: el de la femme fatale. La niña mala es una mujer fatal contemporánea nacida en Perú.

Lo asombroso es que, a pesar del escueto título y el tema gastado, el libro de Vargas Llosa es ágil, inteligente y muy agradable de leer. Tal vez no sea el mejor que ha escrito. Pero es, sin duda, uno de los que más rápido se lee, sobre todo por lo difícil que resulta detenerse una vez se ha comenzado.

¿De dónde proviene esa especie de hechizo al lector? A mi parecer, del personaje principal. La niña mala es un reencauche de esa «mujer fatal» que tanto gusta a los hombres por ser seductora pero extremadamente difícil de dominar (e imposible de controlar) y a las mujeres por simbolizar una libertad en los actos y pensamientos totalmente alejada del antipático sectarismo que atraviesa casi todo feminismo colectivo.

Dicho de otro modo, el encanto del libro de Vargas Llosa proviene de esta mujer que hace lo que le da la gana. Una mujer inteligente capaz de lograr todo lo que quiere a costa de los hombres. ¿Cuántas veces no se ha escrito algo parecido?

El arquetipo de mujer fatal data de tiempos de Cleopatra y Dalila. En la Edad Media simboliza los peligros de la sexualidad femenina por fuera del matrimonio. A partir de la segunda mitad del siglo XIX se hace más popular a través de la literatura, el arte e incluso la música, adoptando luego en el siglo XX muchas formas en el contexto de la cultura popular. Algunas mujeres fatales de la literatura han llegado a convertirse en auténticos íconos culturales que condensan oscuros imaginarios del ser humano, como la Lolita de Vladimir Nabokov.

En el fondo, la razón por la que nos gusta tanto leer sobre mujeres liberadas, independientes y ególatras es que no hay suficientes en el mundo real. La mordaza de la tradición limita su aparición y los hombres poderosos de mentalidad retrógrada se encargan de reprimirlas (o al menos de esconderlas, en forma de libro, en el cajón de sus mesas de noche).

La ventaja de esto es que un escritor en la necesidad de un personaje atractivo que potencie comercialmente su obra todavía puede echar mano de la gastada -pero siempre confiable- femme fatale.

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