Sonreír con el ceño fruncido

Hoy asistí sin quererlo a un partido de fútbol entre adolescentes. Todos ―jugadores y fanáticos― eran jóvenes menores de dieciocho años. Al final, el evento terminó siendo todo lo que, muchas veces, es un adolescente: una caricatura mal trazada de alguna ridiculez adulta.

El fútbol, siendo el deporte más idiota del mundo, engendra paradójicamente un espectáculo que es entretenido por lo absurdo: hinchas matándose entre sí a patadas, batazos o cuchilladas por el color de una camiseta maloliente. Entre los adolescentes el espectáculo se desdibuja un poco porque apenas están aprendiendo a imitar el comportamiento destructivo de los adultos. Son como chimpancés reproduciendo gestos que no entienden para recibir a cambio una galleta, la cual, en el caso de los jóvenes, es la aprobación de sus pares y la desaprobación de un grupo de adultos que unos años antes se comportaba exactamente como ellos. Para mucha gente, madurar no es necesariamente entender mejor las cosas: es simplemente aprenderse un nuevo libreto tan arbitrario como el anterior y repetirlo todo el día.

Sin embargo, la experiencia de hoy me mostró que me gusta el fútbol: sus barras, sus rituales, sus uniformes, sus cánticos, son como una bomba de emotividad desmedida condensándose en una fotografía transparente de todo lo más bajo y estúpido del ser humano. Me atrae la zozobra que gira alrededor del fútbol como me atraen las historias de masacres en la época de las cruzadas o las imágenes de un desastre natural en oriente: con placer y angustia, una angustia que quiere tapar una culpa que no es mía, porque yo no he matado a nadie. Yo solo estoy tratando de entretenerme, quieto, solo, con una sonrisa en los labios y el ceño fruncido.

Al final del partido de hoy, los niñitos con gónadas de adulto de un equipo salieron a buscarles pelea a los del otro, porque eso es lo que hacen los hinchas del Brasil, de Inglaterra, de España, del resto de Colombia: es lo que hacen los adultos. Los perdedores lloraban como reinas de belleza, porque el fútbol también es un frívolo concurso de atributos perecederos y frases vacías. Y como era de esperarse, los ganadores agitaban sus falos todavía lampiños en las narices mocosas de los derrotados. Fue como ver un tsunami de malteada de fresa arrasando con una citadela de chimpancés. Trágico y dulce a la vez, como todo teatro adolescente aprendido directamente de la estupidez adulta.

También había, hay que decirlo, varios jóvenes ajenos a las dinámicas sectarias de las barras bravas, almorzando sin realmente ponerle atención al partido, echando chistes malos y riéndose a carcajadas sobre una nube de indiferencia entremezclada con la bruma de químicos coloridos que habían exhalado, minutos antes, los seudofanáticos de su misma edad. Fue agradable ver cómo algunos adolescentes prefirieron rumiar sus pesares y alegrías en lugar de jugar a ser adultos pendejos. Estos jóvenes atípicos, bajo la influencia de su materia gris y no del opio del pueblo, le dieron un respiro al circo colectivo de sus compañeros que agitaban banderas sucias y entonaban canciones injuriosas con acento extranjero.

Hoy me preguntaba si estos jóvenes marginados que asistían al partido sin la emotividad cavernícola del resto son los que mañana leerán sobre las mieles de la Santa Inquisición sonriendo con el ceño fruncido. Me preguntaba si alguno se convertirá en el abogado del diablo, en el vengador del futuro, en el perfecto asesino. Me preguntaba esto sin ponerles mucha atención a los veintidós zombis corriendo detrás de un balón, pues eso es lo que menos me gusta del fútbol.

Al final de cuentas, la razón por la que me gusta el fútbol es que me aburre inmensamente, y me obliga a imaginar y a pensar, y me pone a escribir textos como éste, que si usted no leyó con una sonrisa en los labios y el ceño fruncido es porque debería estar en el estadio. Así que mejor vaya a apoyar a su equipo, y no olvide la bandera y la camiseta, y el bate de madera y la navaja encaletada y el odio en el estómago y la ira en la garganta y la actitud de macho alfa y el acento argentino falso y la cara de huevón y el racimo de bananos.

Imágenes: Erik Olson

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Comments
3 Responses to “Sonreír con el ceño fruncido”
  1. sofia_sofia dice:

    A mi me gusta el futbol pero tambien me gustó este artículo.

    y no me gustan las barras bravas.

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